1-
Veo el resultado final y aunque no es técnicamente perfecto, me genera alivio, como los rescates de morfina cuando el viejo empezaba a respirar rápido y cortito contrayendo los músculos del abdomen y abriendo las aletas de la nariz. No lo conocí sin olor a cigarrillo ni conocí el verdadero color de su bigote. No puedo pensar en él sin que se me venga a la cabeza su imagen lúgubre, sentado en el sillón con el oxígeno puesto, soplando para calmar su falta de aire. Tres meses después, no puedo olvidarme de los ronquidos que se le escuchaban en el pecho, como si tuviese un monstruo adentro pidiendo salir. Ni de los ataques de tos que me hacían creer que se iba a caer muerto en mi cara en cualquier momento.
Me llevó seis semanas bordar estos pulmoncitos poéticos que se transforman en árbol, con un dejo de esperanza y paz. Nunca había bordado antes y me alivia haber terminado. Pero la imagen del viejo ahogándose me va a seguir atormentando cada noche antes de ir a dormir.
2-
Siempre fue un malhumorado. Pero de joven, con sus pantalones Oxford pasándola a buscar en el Fiat 600 con un cigarrillo siempre encendido, la hacía sentir la protagonista de una película taquillera. Los años pasaron y ya no aguantó más sus cambios de humor, sus enojos ni su olor a cigarrillo. Se divorció, se desentendió y se liberó.
Su hija, con tal de que la acepte y la quiera, se bancó todas sus internaciones y se hizo cargo de los trámites para conseguir el oxígeno y su medicación. Podría haber esquivado esa carga, pero nunca dejó de preocuparse por él a pesar de sus destratos. Él siempre quiso un varón.
Hoy yace tieso en el cajón, pálido con su bigote descolorido. Ya no se queja de lo que hay para comer, ni del clima, ni de que su hija no tenga futuro. Ya no le falta el aire. Y ella ya no llora. Gastó todas sus lágrimas mientras lo veía ahogándose en su sillón, intentando aliviarlo con el oxígeno, mientras notaba como sus labios se tornaban azules. Cuando llegó la ambulancia él ya no respondía, miraba a la nada y tenía una respiración disfuncional cada tanto.
Ella ya no llora. Él y su enfermedad la dejaron en paz.
3-
Mi viejo se suicidó. Bueno, no se suicidó realmente, pero hizo todo para morirse de la peor manera y encima en frente mío.
Durante años cargué con su enfermedad, sus síntomas, su malhumor y sus quejas. Nada de lo que yo hacía o decía estaba bien. Si le subía el oxígeno, le secaba mucho la nariz; si lo ayudaba a ir al baño, lo trataba como un inútil; si le cocinaba, era todo sin sabor. Y mientras él seguía fumando, llenando la casa de humo y olor a encierro.
Mi mamá se divorció de mi papá cuando yo tenía 20 y la vi florecer. Vi cómo empezó a irradiar una luz brillante como si mil soles le brillaran desde adentro del cuerpo. Pero yo no me podía divorciar de mi papá y me quedé a su lado, consumiéndome.
El día que finalizó con su proceso de autodestrucción terminó de arruinarme para siempre. Su respiración agitada y su abdomen haciendo fuerza para intentar ingresar un poco más de aire a sus pulmones agujereados eran imágenes siniestras de todos los días. Pero esa vez, a todo eso le sumó una mirada vacía, llena de desesperación y de miedo, sudor frío, labios cianóticos y un boqueo constante. Y yo mientras lo miraba sin hacer nada. Llorando, llamé a la ambulancia, sabiendo que no existía ayuda posible que revirtiera esa agonía.
El proceso del duelo fue raro. No lloré más. De golpe, después de años de ser su esclava, no sabía quién era, no tenía en qué ocupar mi tiempo, nisiquiera sabía qué me gustaba hacer. Empecé a bordar intentando duelarlo, pero no funcionó. Después empecé a hacer deporte, algo que requiriera fuerza y concentración. Escalar me hizo sentir el aire serrano en la cara, el sol en la piel, la piedra en la yema de los dedos. Pero cuando los músculos se fatigaban y me empezaban a temblar los brazos, la respiración se volvía ineficiente y entrecortada, y su cara de muerto se aparecía en mi mente. Con su muerte, creí que su tormento se había terminado, pero la tortura continuaba. Entendí que el proceso de mi propio suicidio lo había comenzado él años atrás, con sus destratos, chupándome las ganas y los colores, dejándome gris y desgarbada. Ahora solo me quedaba concretarlo.
Despues de escalar 30 metros de piedra, me siento en la cima de la sierra para apreciar el paisaje, en vano. Porque ya nada me parece lindo ni placentero. Excepto el ardor en la garganta al encenderme un cigarro y la sensación del humo distribuyéndose por mis pulmones, quemándome por dentro y de a poco.