La producción artística de Mariana Esquivel se erige como un portal hacia las profundidades de lo siniestro, ese concepto freudiano que reside en lo familiar que, de repente, se torna extrañamente inquietante y amenazador. Sus obras no solo exploran la estética de lo perturbador, sino que también nos confrontan con aquello que hemos reprimido, lo que habita en los rincones oscuros de nuestra mente. Esquivel logra materializar esa sensación de lo unheimlich, lo ominoso, haciendo que lo cotidiano se despoje de su inocencia para revelar su potencial más inquietante y es allí donde cobra lugar y se dinamita, quebrando esos intersticios por donde se cuela lo otro.
En las piezas de Esquivel, lo siniestro se manifiesta a través de una meticulosa deconstrucción de elementos aparentemente inofensivos. Es en la dislocación de lo familiar, en la alteración sutil de lo reconocible, donde reside el dominio de su propuesta. La artista maneja con maestría la ambigüedad, generando una tensión visual que nos obliga a cuestionar lo que vemos. Figuras que deberían ser reconfortantes adquieren un matiz desestabilizador, al tiempo que aquellos paisajes que evocan calma se ven invadidos por una atmósfera de extrañeza. De este modo, esta capacidad de transformar lo conocido en algo ajeno es una de las mayores fortalezas de su lenguaje artístico.
La obra de Mariana Esquivel no busca asustar de manera explícita, sino más bien sembrar una semilla de incomodidad que poco a poco se abre camino lentamente en la conciencia del espectador. Es en la resonancia de esa inquietud, en la forma en que lo familiar se contamina con lo desconocido, donde se establece un diálogo profundo con la naturaleza de lo siniestro. Al confrontarnos con estas representaciones, Esquivel nos invita a explorar nuestras propias zonas de sombra, a reconocer aquello que preferimos mantener oculto y que, sin embargo, persiste latente en la periferia de nuestra percepción.
Pero la resonancia de lo siniestro en la obra de Mariana Esquivel encuentra un eco poderoso en la literatura contemporánea, especialmente en los textos de la escritora argentina Mariana Enriquez. Ambas artistas, cada una en su medio, exploran con una agudeza inquietante las grietas de la realidad, desenterrando lo macabro y lo inexplicable que subyace en lo cotidiano. Así como Enriquez sumerge a sus lectores en relatos donde la historia se mezcla con el terror, donde lo monstruoso se camufla entre las sombras de la vida doméstica y social, Esquivel hace lo propio con sus pinceles y sus instalaciones.
Sus obras, al igual que los cuentos y novelas de Enriquez, no temen adentrarse en la oscuridad del gótico latinoamericano, donde las leyendas urbanas, los fantasmas del pasado y las pulsiones más viscerales se entrelazan con la realidad más cruda. Ambas dan cuenta de cierta habilidad para transformar lo aparentemente benigno y apacible —un barrio, una casa, un objeto— en un foco de terror psicológico y existencial. La estética de lo deteriorado, lo omitido, lo que guarda secretos inconfesables, se vuelve un leitmotiv compartido, invitando al espectador/lector a reconocer la monstruosidad que habita no solo en los márgenes, sino también en el centro de nuestra propia historia.
La obra de Esquivel, entonces, no solo es una exploración visual de lo siniestro, sino también una conversación tácita con las narrativas que, como las de Enriquez, nos recuerdan que el verdadero horror a menudo reside en aquello que se oculta a plena vista.
Invadidos de coraje entonces, crucemos estas líneas que invitan a mirar y ver -con otros ojos ahora- qué es lo que está del otro lado.
Sabrina González
Esp. en Crítica de Arte
Lic. y Prof. en Letras