El legado -por Liliana Fernández
septiembre 14, 2025
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AUTOR: Liliana Fernández

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Y así como una vez ella “comprendió la voluntad de su madre, cuando vio el esplendor del mundo desde la cumbre del cementerio”, ahora yo, treinta años más tarde, puedo entender a mi madre en su multifacética vida, desde el infinito amor que dios nos prodiga, sin intentar siquiera juzgarla.
Ella, mi madre, se desconectaba de la cotidianidad de su vida en cada uno de los viajes a la isla que repetía cada mes de agosto y se entregaba sin ningún recelo a la aventura. Ella desplegaba sus infinitas habilidades sensoriales: observando y percibiendo los diferentes olores, el sosiego y desasosiego de la naturaleza, escuchando los diferentes sonidos y explorando el paisaje hasta encontrar un ambiente tranquilo y ordenado. Ana Magdalena se sentía libre, dueña de sí misma. Allí, ella podía presumir de sus fortalezas, posiblemente opacadas, ante la figura exitosa de mi padre y de mi hermano. ¿La isla? ¡Era su lugar en el mundo!
A ella, mi madre, le di varios dolores de cabeza con mis tempranos amoríos y rebeldías. Se inquietaba cuando trasnochaba o no regresaba a dormir y hasta llegó a ofuscarse cuando me ausenté todo un fin de
semana con mi amigo Michel. Más aún, casi le da un ataque cuando se enteró que estaba en la isla. Su gran preocupación era mi reputación, tenía miedo que yo quedara embarazada y hasta se horrorizó, al punto
de ofenderme, cuando le dije que “un médico amigo me había colocado un dispositivo infranqueable”.
Todos mis amigos representaban para ella “un antro de músicos drogados” En cierto modo, aunque no quería que fuese monja, ésto significó “su mal menor”. ¿Le preocupaban las apariencias ? _No! Era su forma de cuidarme… de decirme cuanto me amaba y le importaba.


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Yo, su hija, “la indomable” como me decían cuando tenía dieciocho años al igual que mi madre y mi abuela heredé de ellas todo, aunque con vocación diferente. Porque cada ser humano, desde su nacimiento tiene un propósito, una misión. Desconozco cuál fue la de ellas, pero yo pude encontrar la mía, cuando decidí hacerme monja y profesar en la
orden de las Carmelitas Descalzas. No fue un camino fácil, pasé por varias etapas. Aún recuerdo el momento de la misa, cuando hicieron la entrega oficial. En contraposición a lo que yo sentía, ellos, mis padres “estaban vestidos
como para un funeral”. Para colmo llegué con una hora de retraso y vestida con el huipil de mi madre. Vienen a mi mente las palabras de un curita muy jóven que me dedicó toda una charla con una última posibilidad de arrepentimiento, por si me sentía insegura. ¡Claro, mi imágen no daba con el perfil!
Al igual que ellas, fui libre en mi elección y no lo lamento. ¡En absoluto! Las largas charlas telefónicas no eran con mi novio trompetista de jazz, como creía mi madre, sino con una catequista oficial de las Carmelitas Descalzas. Fue así, el momento del Aspirantado-Externo, donde fui discerniendo mi verdadera vocación, al ir descubriendo,aprendiendo y
experimentando el carisma de la órden, la espiritualidad, el estilo de vida, los valores, etc.
Luego vendría el momento del Postulantado, que comenzó cuando ingresé al monasterio; más tarde el Noviciado con la toma del Hábito. ¡Qué bella ceremonia! Fueron dos años de preparación para los votos temporales y finalmente la Profesión Solemne – Consagración a Dios para toda la vida con los votos de pobreza, obediencia y castidad. Si, de
castidad. ¡Qué ironía! ¿No? Pensar que yo, la siempre “díscola encantadora” de la familia solía decirle a mi madre y estaba empeñada en convencerla, que ser monja en “estos tiempos no era lo mismo que antes, y que estaba segura de
que en los albores del tercer milenio se acabaría hasta con el voto de castidad”. ¡Qué juventud!


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El común de la gente piensa que nosotras, las Carmelitas Descalzas, al hacer votos de clausura estamos aisladas del mundo, que eso no tiene sentido, que es una vida triste, aburrida, en silencio y soledad, sin libertad, incluso cómoda porque justamente y parafraseando a fray Luis de León, creen que hemos “huido del mundanal ruido y seguimos la
escondida senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido”. En realidad la escondida senda no es más que una vida de aventura, una búsqueda constante, una vida de oración y contemplación.
También, una vida de trabajo en las huertas, en los viñedos para nuestro propio sustento y de la comunidad. Una vida de formación constante, en lo espiritual y lo académico. Una vida, incluso de creatividad, en cada tarea culinaria, artística o de servicio. El silencio y la soledad no nos repliegan ni confinan, al contrario avivan la llama de amor a Dios y al prójimo.

De Ana Magdalena, mi madre, y de Micaela, mi abuela, estoy orgullosa de haber recibido el legado más preciado: “el esplendor de sus ojos, la virtud de las pocas palabras, la inteligencia para manejar el temple de mi carácter”, la sensibilidad no sólo por la música, la seguridad de mi persona y el ser quien soy hoy. Porque de la misma manera que mi
madre, la hermana Piedad, cada 16 de agosto se escapa en su única salida al médico y admira las playas de arena dorada, el paisaje selvático, la algarabía de los pájaros y el vuelo fantasmal de las garzas.
¡Y lo más curioso… siente la mirada de ellas, en cada soplo de libertad!