Ana Sabrina González
Maestría en Crítica de Artes (UNA) [En etapa de redacción]
Especialista en Crítica de Artes (UNA)
Lic. en Letras (UBA)
Prof. de enseñanza media y superior en Letras (UBA)
Buenas tardes a todos.
Hace algunas semanas recibo el llamado de una gran amiga y colega con quien compartí horas de trabajo en la Cátedra de Literatura Argentina en la Facultad de Filosofía, Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de San Juan, la Dra. Grisby Ogás Puga; y me propone acompañar al Padre José Juan en este encuentro y acercarles brevemente una pequeña introducción a la obra de Jorge Luis Borges.
Comencé delineando un borrador donde no podía faltar la fecha de su nacimiento: 24 de agosto de 1899 en Buenos Aires, y el día de su muerte: 14 de junio de 1986 en Ginebra.
Y a medida que iba pensando y recopilando información clave del autor, creí que la mejor manera de empezar esta disertación no consistía en llenarlos de información, premios, menciones, títulos que posiblemente se olviden de un segundo a otro, sino que tal vez era haciéndoles una pregunta: ¿Quién habla cuando decimos yo?
Cuando cualquiera de ustedes dice yo soy de tal manera, yo recuerdo, yo deseo, ¿quién es el que está hablando? ¿Es una entidad biológica? ¿Es una construcción de la memoria? ¿O es, tal vez, una historia que nos contamos a nosotros mismos para no hundirnos ni desaparecer, para no desvanecernos, para no caer en el abismo de la nada?
Jorge Luis Borges no era psicólogo. No le interesaban los tratados clínicos de su época y solía mirar con cierta distancia irónica los intentos del realismo literario por explicar la psicología de los personajes. Y, sin embargo, me animo a decir que pocos escritores en la historia de la literatura occidental han explorado con tanta lucidez, elegancia y precisión los mecanismos fundamentales de la mente humana: la construcción de la identidad, las trampas de la memoria, el horror al doble y la ilusión de un yo unificado.
Borges no pensó la mente desde el diván, sino desde la biblioteca y la ficción. Para él, la psique humana no es una estructura sólida, sino un laberinto. Un laberinto habitado por espejos que duplican nuestra imagen, por recuerdos que mutan cada vez que los invocamos y por un lenguaje que cree nombrar la realidad cuando, en verdad, la inventa.
En este punto entiendo y asumo, claramente, que la propuesta para este intento de presentación no consiste en repasar una biografía de fechas, premios o anécdotas enciclopédicas. Mi intención es invitarlos a entrar al universo de Borges por la puerta que a ustedes, posiblemente, más les pertenece: la puerta de la pregunta por la subjetividad.
Antes de ir al texto que elegí para compartir hoy, vale la pena detenernos un momento en tres o cuatro de las grandes fijaciones que atraviesan toda la obra de Borges que dialogan de manera casi natural con los grandes dilemas de la psicología.
En primer lugar está la cuestión de la memoria y el olvido. Todos solemos pensar que tener una buena memoria es un atributo deseable. Sin embargo, en uno de sus cuentos más célebres, Funes el memorioso, Borges crea a un personaje que, tras sufrir un accidente, pierde la capacidad de olvidar. Funes lo recuerda absolutamente todo: (…) cada forma de las nubes australes del amanecer del 30 de abril de 1882, las vetas de una libro en pasta española, la forma de la espuma que un remo levantó en el Río Negro, la víspera de la acción del Quebracho (…)
¿El resultado? Funes no puede pensar. Porque, como bien observa Borges en ese relato, «pensar es olvidar diferencias, es abstraer, es generalizar». La hipermnesia de Funes lo paraliza; su mente es un depósito caótico e inmanejable. Borges nos demuestra ahí algo profundamente psicológico: el olvido no es una falla de la memoria, sino una condición de posibilidad de la inteligencia y de la salud. Necesitamos olvidar para poder estructurar el mundo.
En segundo lugar encontramos los espejos y el doble. En la obra de Borges, el espejo es casi siempre una amenaza. El espejo nos devuelve una imagen que se parece a nosotros, pero que no somos nosotros. Introduce la sospecha de la alteridad: ¿y si esa figura que está del otro lado del cristal tiene una voluntad propia? Esta fascinación por el desdoblamiento es el germen de la pregunta por la identidad: ¿cuál es el verdadero sujeto? ¿El que mira o el que es mirado?
Y, finalmente, la idea del lenguaje como constructor de realidad. Para Borges, el lenguaje no es una herramienta transparente que sirve solo para etiquetar las cosas que ya existen ahí afuera. El lenguaje es una arquitectura abstracta que inventa conceptos, organiza la experiencia y crea al sujeto mismo. Nos habitamos a través del lenguaje. Cuando intentamos dar cuenta de lo que somos, no nos queda más remedio que recurrir a las palabras. Y en ese preciso instante, nos convertimos en relato.
Esto nos lleva, de manera directa, al texto que seleccioné para compartir con ustedes hoy: “Borges y yo”
Este texto pertenece al libro El hacedor, publicado en 1960. Es una pieza brevísima, de menos de 300 palabras, pero que posee una densidad conceptual extraordinaria.
Les pido que escuchen con atención la respiración y los matices con los que el narrador va dividiendo su propia existencia:
Borges y yo
Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta de cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las transforma en atributos de un actor. Sería exagerado decir que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica.
Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra.
Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con el infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.
No sé cuál de los dos escribe esta página.[1]
En pocos minutos de lectura, Borges acaba de plantear una de las meditaciones más agudas sobre la fragmentación del sujeto que se hayan escrito en la literatura en español. Pensemos entonces en tres posibles líneas de análisis que atraviesan el campo de la psicología.
Desde la primera frase, el texto establece una escisión radical: «Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas».
Hay un yo que camina por las calles de Buenos Aires, que se detiene a mirar un zaguán, que disfruta de las cosas sencillas y cotidianas: el sabor del café, los mapas, la textura del papel. Es el sujeto de la experiencia pura, el sujeto biológico que vive en el anonimato del momento presente.
Y, por otro lado, está Borges: el nombre propio, la figura pública, el autor que aparece en los diccionarios, el que recibe cartas por correo, el personaje reconocido.
Borges capta con genialidad esa grieta que todos experimentamos en algún grado entre lo que sentimos puertas adentro y la representación que construimos hacia el exterior.
Podemos arriesgar que nos muestra, sin tapujos, esa brecha entre el sujeto del inconsciente o de la vivencia íntima y la máscara social (persona). Lo fascinante acá es cómo el narrador señala que el otro toma sus verdaderos gustos —el café, Stevenson— y los transforma en «atributos de un actor». En cuanto una preferencia o un rasgo íntimo se vuelve público o se enuncia, se convierte en una actuación, en un personaje.
La segunda línea de análisis es una paradoja trágica y cotidiana: la alienación.
El narrador dice: «Poco a poco voy cediéndole todo… Yo he de quedar en Borges, no en mí».
Para poder existir en el mundo social, para dejar una huella o para comunicarse, el sujeto necesita del lenguaje y de la narración. Sin embargo, en el instante preciso en que colocamos lo más propio en palabras o en obras, eso deja de pertenecernos. Se independiza. El relato devora al sujeto que lo originó.
Fíjense en la frase desesperada: «Todo lo que hago es devorado por el olvido o por el otro». El sujeto descubre que está atrapado: si no se expresa, se cae en el olvido; pero si se expresa, su vivencia es expropiada por el personaje, por el nombre propio que los demás reconocen. Es la trampa constitutiva de la subjetividad: solo podemos decir quiénes somos a través de un código (el lenguaje) que no nos pertenece del todo y que nos aliena en el acto mismo de nombrarnos.
El texto va construyendo una tensión dramática entre estos dos entes hasta llegar a un desenlace brillante. El narrador intenta rebelarse. Dice que para librarse de Borges cambió de temas literarios: dejó los malevos del arrabal y se puso a escribir sobre el tiempo y el infinito. ¿Y qué pasó? Que esas nuevas búsquedas también fueron absorbidas por la figura de Borges. No hay escapatoria.
Llegamos así al final de este texto, que es probablemente uno de los más famosos de la literatura hispanoamericana: «No sé cuál de los dos escribe esta página».
Ahí es donde el andamiaje del texto colapsa sobre sí mismo en un destello de genialidad. Si durante todo el relato el narrador nos hizo creer que podíamos distinguir con claridad entre el “yo que vive” y el “Borges personaje”, esa frase final nos quita el piso bajo los pies, deja ya de sostenernos.
Si no sabemos cuál de los dos escribió esa página significa que la división misma era una ficción. El yo no es una entidad sólida que pueda observarse a sí misma desde afuera de forma limpia. Quien escribe ya está habitado por el personaje, y el personaje no existe sin la pluma del que escribe. La identidad no es un núcleo firme, sino un movimiento circular, una ilusión de unidad sobre un fondo de división insuperable.
La psicología y la literatura suelen habitar territorios vecinos porque ambas se enfrentan al mismo misterio: la forma en que los seres humanos nos estructuramos a través de la palabra.
A veces tendemos a pensar que nuestra identidad es algo rígido, un archivo cerrado con datos precisos sobre quienes somos. Jorge Luis Borges nos recuerda que la identidad es, en el fondo, una construcción narrativa. Somos los historiadores —y muchas veces los fabuladores— de nuestra propia vida. Nos pasamos la existencia editando nuestros recuerdos, seleccionando qué olvidar y qué magnificar para sostener la ficción de que somos una sola y misma persona a lo largo del tiempo.
“Borges y yo” es una invitación a desconfiar de la falsa solidez del yo. Nos sugiere que en el centro de nuestra subjetividad no hay una piedra monolítica, sino una conversación ininterrumpida entre el que vive, el que se narra y el que es visto por los otros.
Si este breve, brevísimo recorrido les ha despertado curiosidad, quiero dejarlos con una pequeña invitación de lecturas borgianas especialmente afines a esa mirada que van construyendo, tres cuentos y un poema para seguir tirando de este hilo:
- Funes el memorioso: para reflexionar sobre la percepción, la sobrecarga sensorial y la función indispensable del olvido.
- Las ruinas circulares: relato fascinante sobre un hombre que se propone soñar a otro hombre para imponerlo a la realidad, ideal para pensar los procesos de proyección y la creación mental.
- El milagro secreto: una meditación profunda sobre la vivencia subjetiva del tiempo frente a una situación límite.
- Ajedrez: que plantea esa duplicidad infinita y la crisis del libre albedrío (que se disuelve en la sospecha).
La literatura de Borges no nos ofrece respuestas clínicas ni soluciones empaquetadas. Lo que nos procura es algo mucho más valioso: nos da una topografía del laberinto mental y nos presta las mejores metáforas para pensar la complejidad del alma humana.
Porque, al final del día, tanto la psicología como la literatura comparten una misma y apasionante búsqueda: pretender descifrar las palabras con las que intentamos nombrar lo innombrable de nosotros mismos.
Muchas gracias.
[1] Borges, J. L. (1960) El hacedor. Emecé Editores.