Transformación -por Liliana Fernández
abril 30, 2026
Categoría: Publicaciones
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Ballotage
¡Quedé seleccionado! Viajo mañana.

¡Qué alegría me dio verlo! Habíamos trabajado juntos, cuando éramos muy jóvenes
y luego de toda una vida nos volvíamos a encontrar en otra provincia. ¡Las cosas
que tiene la vida!
Él siempre decía “esto es momentáneo, sólo por la temporada, ya verás. Este
verano me compro la Fiorenza”
Hoy cuando lo vi llegar, no lo podía creer. Se bajó de uno de esos autos nuevos,
importado debe ser y con vidrios polarizados. Lo acompañaban una mujer y un
muchacho, presumo que eran su esposa y su hijo, tan bien, tan elegantes y
contentos. Por sus gestos, presumo que no dejaban de elogiar el lugar: la ubicación
de la mesa, la comida, las viñas y las montañas detrás.
Y nosotros, todos camuflados con la ropa, enteramente manchada de mosto, con
olor a azufre, sombrero y pañuelo en la cabeza por los mosquitos, las abejas y el
fuerte sol. ¿Quien nos reconocería? ¡Si hay veces que parecemos invisibles!
El muchacho, como de tu edad, estaba fascinado. ¿No sé cuánto tiempo demoró en
tomar unas fotos? ¡Qué miraba de un lado, del otro, que se cambiaba de posición!
No tengo la menor idea, qué cosa medía. Y contemplaba la luz del sol, las sombras.
Si parecía hipnotizado por el paisaje y el color del vino. Ni te imaginás, cómo
jugaba con la copa. A juzgar por sus movimientos, eras vos, mirándote en el
espejo. Desde la ventana de la cocina, la abuela al igual que yo, espiaba y advertía
lo mismo: las mismas chiquilinadas en dos realidades tan diferentes. Al momento de
los postres, no pudo con su genio, se acercó y con la excusa de ser buena anfitriona
con los turistas, desplegó todo su arte al hablar con la sabiduría que dan los años.
Con decirte, que la invitaron a brindar con ellos porque les hacía recordar a la madre
de uno de ellos.
Confieso que también me hubiese gustado acercarme y preguntarles: ¿Qué los
motivó llegar hasta aquí? ¿Qué les provocaba tanto asombro?
No me animé. Nunca me atrevo.
Si en un momento dado, ante el silencio reinante sospeché que ya se habían
marchado. Nada de eso, estaban en un completo estado de contemplación y gratitud
con el Creador. ¡Tan simple como eso!
Ese día comenzamos un poco antes de lo habitual, el sol apenas asomaba. Como
cada mañana nuestro ritmo gamelero no se interrumpía y continuaba así, sin
descanso, hasta el oscurecer.
Mientras yo corto, mi hijo acarrea a toda prisa. En eso consiste nuestro jornal,
cuantas más gamelas llenas y entregadas más fichas, por lo tanto mejor salario
final. No hay que perder ni un segundo. Sin embargo, ese día, presagiaba lo
inesperado. Se rompió la “ganchera” una suerte de chaleco donde se sostiene la

gamela y nos demoramos unos minutos. Por suerte, mi hijo Juan es muy fuerte, ágil
y súper rápido. Se diría un “guepardo vendimiador”.
Al tiempo que ellos comían, brindaban, tomaban fotos y paseaban por el callejón,
logramos completar más de ochenta gamelas, llegando, empapados de sudor y con
el último esfuerzo, a las cien que nos habíamos propuesto. Nos abrazamos. Sentí
sus mejillas húmedas.
El sol se opacaba, mi amigo de juventud partía y yo paralizado, sin siquiera
saludarlo. El cansancio se hacía visible.
En casa, pienso e imagino aquel encuentro donde los dos hubiésemos brindado y
manifestado, ciertamente, cuán orgullosos nos sentíamos de nuestros respectivos
hijos.
Escucho sus pasos, corre a toda velocidad, entra súbitamente: grita de felicidad…
Desde entonces no he regresado a la viña.


Otra línea de escape
17/03/26
Papá, vos siempre decías que éramos casi invisibles, como “los nadies”, sin rostro, pero con
mucha fuerza para el trabajo. Te puedo asegurar, que no es tan así. ¡Sino mírame a mí!
¿Quién imaginaría mi actual presente? ¡Y menos aún mi (nuestro) promisorio futuro! Me
parece tan lejano aquel día cuando logramos las cien gamelas y además como recompensa: la
notificación de la beca. Llegué corriendo, casi sin aire para darte la buena nueva.
Papi estoy muy feliz. Los extraño mucho, pero como decía tu amigo, esto es pasajero. Me
perfeccionaré, regresaré y seguiremos trabajando juntos. Eso sí, será necesario hacer algunas
inversiones, modernizarnos e incorporar más tecnología. Sin lugar a dudas, se requiere
mucho dinero para forjar nuestro propio emprendimiento, pero hay incentivos a la
producción, nuevas líneas de crédito, tarjetas, herramientas digitales y apoyo internacional
para el enoturismo.
Estoy aprovechando al máximo todo, no quiero perderme nada. Los seminarios son intensos,
también de sol a sol pero ¡sin correr por la viña! ¡Cafecitos a media mañana y sin olor a
azufre!
La semana pasada, vino un equipo multidisciplinar y … ¿Sabés una cosa?
¡Ay papi te tengo tan presente! Voy a repetir tus dichos: “¡Las cosas que tiene la vida!”. En
el equipo de tantos profesionales hubo un muchacho que me llamó la atención por su
testimonio. Hablaba orgulloso de su padre: de jóven trabajando en las cosechas y solo por la
temporada; de su abuela, repitiendo incansablemente que lo esencial es el estudio y no ocupa
lugar. Se expresaba con tanta ternura de sus orígenes, del esfuerzo hecho por sus padres que
logró cautivar y emocionar a todos los presentes. Este chico es médico y además de hacer su
trabajo de prevención, cuidado y concientización sobre las enfermedades que nos pueden
aquejar, nos relató una anécdota: la de un viaje a Mendoza que lo había marcado. Fue un
antes y un después, según sus propias palabras. Y era tanto el detalle de la zona, el paisaje,
las montañas, los viñedos, la gente, el vino… que me animé a preguntarle y ¡oh casualidad!
Eran los turistas con los cuales la abuela había brindado, creo que vos, los conocías. Algo
dijiste, aquella noche previa al viaje. Se trataba de un amigo de tu juventud y por alguna
razón no te acercaste a saludarlo.
Hoy, a la distancia intuyo lo que te ocurrió. Ahora, te entiendo más. ¡Estoy re loco, mirá que
te estoy escribiendo! (Pasa que cuando hablamos, bueno, seguro ya te diste cuenta …)
Quiero que sepas cuán digno me siento de ser tu hijo, hijo de un vendimiador o de un
“gamelero” como decimos nosotros.
¡Soy optimista y vos sabés cuanto! Quizá nos esté resultando dura esta etapa, pero tengo
bien presente los consejos de tu película preferida : “…no te dejes ganar por la nostalgia!
¡Uy! Se hizo muy tarde. Luego te sigo contando. Saludos a todos. ¡Abrazo!
Juan

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Porque siempre se trata de volver.
Aunque nunca me fui.
Estuve allí, en todo momento, con cada uno de ustedes, acompañándolos.
Cualquiera sea el lugar y el tiempo. Cualquiera sea el trabajo, el esfuerzo, las
alegrías o las lágrimas derramadas.
Porque no existen las casualidades sino las causalidades. Todo tiene y tuvo un
propósito. Nuestras vidas son una red de causas y efectos: el festejo del
cumpleaños en Mendoza; el brindis con la abuela, del restaurante de la bodega; la
foto del viñedo; el efecto sanador del viaje. El logro de las cien gamelas, la
obtención de la beca, el perfeccionamiento. La visita del equipo multidisciplinario, el
testimonio del médico, el impacto entre todos los presentes. Los aprendizajes
adquiridos y las nuevas oportunidades. La valoración positiva del trabajo en las
viñas. Los miedos, la incertidumbre, el optimismo, la añoranza del terruño. El orgullo
de ustedes, padres, por sus respectivos hijos… ¡Y tanto más!
¿Y para qué sirvió todo esto?
¿Para aliviar sus heridas emocionales, mitigar carencias o sufrimientos? ¿O tal vez,
para encontrar la paz interior, el equilibrio físico y mental? En definitiva, ¿para creer
en sus propias potencialidades?
¡Pero por favor! ¿Por qué tantas preguntas? ¿Desde dónde estoy hablando?
Lo hago, desde el sentimiento de pertenencia a una comunidad, desde un lugar que
no todos dimensionan o llegan a percibir. Desde un espacio y un tiempo intangible,
donde todo lo vivido se resignifica de un modo personal.
¿Quién creo ser? ¿Quién soy realmente?
Soy, el legado de los ancestros, la herencia de las montañas, de la viña y del vino;
la tradición del trabajo de sol a sol; el recuerdo y la resiliencia, frente a las
adversidades.
Soy la voz de tu día a día, el bastidor del duro trabajo vendimial que va templando tu
esencia.
Soy tu latir, el que te moviliza, te hace vibrar, te alegra o te entristece. Soy todo ese
conjunto de rasgos que va más allá de lo físico, y no solo nos caracteriza sino que
permite conectarnos.
Soy ese racimo de uvas que nos reúne compartiendo una copa de vino o el que
trenza emociones en un “huipil de palabras”.
¡Soy, tu identidad, como tu propio árbol bronquial, con cientos de millones de
alvéolos que son testigos de tu constante respirar!