Llueve. Llueve estrepitosamente. El olor penetrante del café se asoma desde la cocina y me lleva de a poco a volver sobre mis pasos de aquel lunes de octubre.
Mañana fría. Mis ojos hinchados por haber perdido tantas lágrimas, apenas entreabiertos, actúan con una naturalidad inusual. Recorren la casa antes de salir (aprendieron a ver sin mirar).
El camino que él elige hacer es el mismo que tiene mi mente y no hay sorpresas. Toda la tensión que estaba en el aire decidí llevarla a mi puño derecho, mi mano segura que agarra esos escarpines blancos con tanta fuerza… como en un intento final de no perderlo, sabiendo ya que era en vano.
Antes de bajarme los guardo en el bolsillo del saco, no tenía dónde esconderlos.
Todo sucede tan rápido y me siento al mismo tiempo tan sola. Ellos se ríen, hablan de trivialidades mientras se cuelan algunas de mis lágrimas que quedaban por salir. Me hacen sentir que no pasa nada, que es un trámite más, pero mi cabeza no para, mi corazón menos aún.
Respiro hondo y me lleva la anestesia solo Dios sabe dónde. Se abre un entre paréntesis que se cierra cuando mis ojos se despiertan soñolientos, sabiendo que ya no está, que no lo tengo, que lo he perdido.
Las calles se suceden unas a otras. El viento mueve las copas de los árboles y su aire caliente es parte de esta postal sanjuanina. Unos chicos que salen del colegio esperan el colectivo mientras se ríen y mastican chicle con intensidad. Un vendedor de café hace lo suyo con la portera de la escuela mientras una bandada de niños sale por la puerta grande, casi desesperados por ganar la calle, como si la vida ahí dentro fuera una tortura.
Una pareja va de la mano, y él la mira de reojo, atento a lo que ella hace. Todo sigue como si nada hubiera ocurrido. Todo sigue. La vida de todos sigue, menos la mía.
Todavía llueve. Busco un abrigo con el que cubrirme en este otoño frío y guardo mis manos en él, con la esperanza de encontrar aquello que había guardado hace tiempo, pero ya no está. No está en mi bolsillo, mucho menos en mí. Tan solo quedan rastros de ese agujero por el que todo se ha ido. Todo.
Mis pies descalzos reclaman el frío de las baldosas y se niegan a cubrirse, hasta que el agua helada de la lluvia logra colarse por el hilo de luz que la puerta no cubre y me toca como el filo de una cuchilla por estrenar.
Despierta, vamos, hay que seguir.